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Solo Dios y la Patria!, el relato de recuerdos y lucha de dos iglesianos en Malvinas

  • Foto del escritor: Diario Libre
    Diario Libre
  • hace 3 días
  • 5 Min. de lectura

Dos jóvenes iglesianos Juan Bautista Montaña y Rodolfo Morales, los jóvenes que enfrentaron la guerra con valentía y convicción. Hoy, 4 decadas despues, sus historias nos recuerdan que la memoria de Malvinas sigue viva y que la soberanía es un derecho innegociable.

Montaño Juan Bautista, un iglesiano nacido el 17 de abril de 1961, quien con solo 21 años navegó hacia lo desconocido con la firme convicción de defender la soberanía nacional.


Desde joven, Montaño sintió la vocación del mar y en 1977 ingresó a la Escuela de Mecánica de la Armada con el grado de aspirante naval. Su primer gran destino lo llevó a la legendaria Fragata Libertad, donde tuvo la oportunidad de surcar los mares hasta Rusia, una experiencia que templó su carácter y lo preparó para lo que el destino le tenía reservado.

El 2 de abril de 1982, el buque de desembarco ARA San Antonio se encontraba en plena navegación cuando, a las 23:00 horas, la voz del comandante resonó por los difusores del barco, el destino era Puerto Argentino, y en pocas horas darían inicio a la operación de desembarco. A las 00:20, la tripulación tocó suelo malvinense. Montaño, en su rol de timonel de maniobra, recuerda con cierta ironía que su tarea era comparable a la de un "chofer de auto, pero en un barco". Sin embargo, detrás de esa sonrisa se esconde el peso de la responsabilidad y el honor de haber participado en una de las jornadas más significativas para la historia argentina.

Durante el conflicto, el contacto con los kelpers fue nulo, pues la población civil permaneció resguardada en sus hogares. Montaño destaca la camaradería de sus compañeros, quienes, a pesar del peligro inminente, lograron forjar lazos que perduran hasta el día de hoy. “Lo mejor que me llevé de Malvinas fueron mis compañeros”, afirma con orgullo.

El regreso al continente fue, en sus palabras, "normal pese a lo vivido". A diferencia de muchos excombatientes que enfrentaron el silencio y la indiferencia, Montaño recuerda cómo la sociedad argentina recibió a los soldados con gratitud y respeto. Con el tiempo, el apoyo del Estado fue progresivo, aunque insuficiente en los primeros años. Tras la guerra, decidió continuar su carrera en la Armada, alcanzando el rango de Suboficial Mayor de Mar y encargándose del personal subalterno en la Fragata Libertad. Retirandose en 2012 como suboficial mayor de VGM.

Cada 2 de abril es para él una fecha de reflexión y homenaje. “Debemos recordar a los que quedaron en nuestras islas, honrarlos con respeto y sin olvidar lo que dieron”, sostiene. Para Montaño, la enseñanza de la historia de Malvinas debe ser una prioridad para las nuevas generaciones, con una narración basada en la verdad y el honor.


En cuanto al reclamo de soberanía, es categórico debe ser constante y diplomático, pero sin pausa. Sostiene que la lucha no fue en vano y que el reconocimiento de los veteranos es fundamental para mantener viva la memoria de la gesta.


Pero Montaño también revela un dato poco conocido, el verdadero trasfondo del conflicto. Según explica, Argentina mantiene un acuerdo con la OTAN por 150 años, y si en 1982 no se lograba la recuperación de las islas, se perderían también los derechos sobre la Antártida, el archipiélago y las aguas circundantes. “Esa es una verdad que no se cuenta, pero que explica muchas cosas”, sentencia.


Hoy, años después, Montaño sigue sintiendo el llamado del mar, pero sobre todo, el llamado de la historia. Su testimonio es el de un hombre que estuvo allí, que vio y vivió, y que lleva en su corazón la certeza de que, más allá de las circunstancias políticas, Malvinas sigue siendo Argentina. Y mientras haya un veterano de guerra en pie, esa verdad no se olvidará.

Por su parte, El 2 de abril de 1982, a la 1 de la madrugada, Rodolfo Morales, el joven iglesiano de 21 años, recibió una orden que marcaría su destino para siempre. A las 6:30 de la mañana, partieron desde el aeropuerto de Comodoro Rivadavia rumbo a las Islas Malvinas. La noticia generó diversas reacciones entre los suboficiales más antiguos, pero la misión estaba en marcha y no había tiempo para dudas. Morales, perteneciente a la especialidad de Intendencia del Regimiento, tenía bajo su responsabilidad las finanzas, el racionamiento y el equipamiento. Su destino fue la compañía "C", asentada en Ganso Verde, un pequeño poblado al sur de Puerto Argentino. Allí, junto a los soldados cordobeses Brichi y Aime, se encargó del abastecimiento de alimentos en un ambiente de calma tensa, donde la amenaza del enemigo siempre estaba latente.


Los días transcurrían con relativa tranquilidad hasta que la guerra golpeó con toda su crudeza. Los británicos iniciaron bombardeos sobre Puerto Argentino, lo que hacía evidente que tarde o temprano llegaría el ataque directo. Una mañana, mientras el sol despuntaba en el horizonte, tres aviones Harrier británicos surcaron el cielo y descargaron su fuego sobre un improvisado aeropuerto donde operaban los Pucará de la Fuerza Aérea Argentina. En ese brutal ataque, una bomba alcanzó la última aeronave que intentaba despegar, segando la vida del sanjuanino Hugo Montaño, amigo de Morales, con quien compartía charlas nocturnas sobre su querida provincia. La muerte de su compañero fue un golpe demoledor, pero no hubo tiempo para el duelo. La lucha continuaba y la resistencia en Ganso Verde se prolongó por casi dos días hasta que la rendición se hizo inevitable. Capturados como prisioneros, fueron trasladados a San Carlos y luego embarcados en el transatlántico Norland, con destino a Uruguay y, finalmente, al suelo argentino.


El regreso estuvo marcado por la incertidumbre. "Nos dijeron que llegaríamos al puerto de Buenos Aires, pero terminamos en Astillero Santiago porque se decía que la gente estaba enojada con nosotros. Sin embargo, cuando salimos en colectivos, nos recibieron con aplausos y banderas argentinas", recuerda Morales con emoción. Aquella bienvenida le devolvió algo de paz en medio del torbellino de sentimientos que llevaba consigo. La vida intentaba volver a la normalidad, pero él ya no era el mismo. Permaneció tres años en el Regimiento de Infantería de Montaña 25 en Sarmiento y luego fue enviado a la Escuela de Inteligencia en Buenos Aires, donde finalmente pidió la baja y regresó a su pueblo natal, Rodeo, en busca de un nuevo comienzo.


Cada 2 de abril es para él un día sagrado, casi como un segundo cumpleaños. "Los caídos deben ser recordados como los héroes que son. Ellos quedaron allá, nosotros volvimos para contarlo", expresa con un nudo en la garganta. Su mirada sobre la soberanía de las Malvinas es crítica y firme. Considera que Argentina ha realizado reclamos "muy tibios" y que "Inglaterra no respeta los acuerdos". Para él, la memoria debe ser un pilar inquebrantable, mantenida viva a través de pequeños pero significativos homenajes, como placas conmemorativas en los hogares de veteranos y caídos, una práctica que ya se ha extendido en varias localidades, especialmente en Córdoba.

Al cerrar su relato, Morales deja un mensaje claro y contundente para las nuevas generaciones, "Las Malvinas son argentinas, y está prohibido olvidarlas".


Hoy, Montaño y Morales llevan en su interior el peso de la historia. Fueron jóvenes que, sin dudarlo, ofrecieron su vida por la patria. Son testigos de un momento que marcó a la Argentina y, mientras haya un veterano en pie, su verdad seguirá resonando, Malvinas no se olvida, Malvinas fueron, son y seguiran siendo argentinas. En aquellas islas no existe el frio, no existe el hambre, Solo Dios y la Patria, Viva La Patria!.


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